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escrito por Ángel Serrano
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domingo, 22 de noviembre de 2009 |
El pasado 9 de Octubre el mundo entero despertó atónito, con la noticia de que el Premio Nobel de la Paz, este año, iba a ir rumbo a Washington. Barack Hussein Obama, presidente de los Estados Unidos, era el galardonado y, de inmediato, se abrió un debate mundial sobre los méritos objetivos, si es que los hay, del inquilino de la Casa Blanca. Llevaba, tan sólo, ocho meses y medio cuando fue premiado, mientras que en ese tiempo, a Obama no le había dado tiempo más que a entablar diálogos con un número importante de diplomáticos y a seducir a medio mundo, con su capacidad de oración sobre sus ?buenos propósitos?. Y esas buenas intenciones, al parecer, son los motivos por los cuales, el jurado de los Nobel, ha creído oportuno entregarle el galardón al mandatario norte-americano. ¿Se le suma a esas intenciones la capacidad de atracción de medios del mandatario americano? Imagínense, por un momento, que a Camilo José Cela le hubiesen otorgado el Nobel de Literatura por expandir en los medios, que tiene la intención de escribir, algún día, una obra titulada La Colmena , que va a poner todo su empeño para realizarla y que será, seguro, una obra maestra. ¿Sería justo que lo premiaran por ese libro que aún no existe? Para analizar la magnitud del premio otorgado a Barack Obama, reflexionemos unos instantes sobre los logros de lo premiados, reconocidos por el jurado a lo largo de la historia de los Nobel en su categoría reservada para la paz. Para empezar con un ejemplo reciente, en 1993, Nelson Mandela, primer presidente Sudafricano elegido por sufragio universal, fue condecorado por su lucha activa contra el movimiento apartheid y por la defensa que realizó a lo largo de su vida, de los derechos raciales. Un año antes, Rigoberta Menchú, fue la afortunada de poder contar en su palmarés con dicho galardón. En su caso, su defensa de los derechos humanos en Guatemala, su lucha por el reconocimiento indígena en el sur de América y el liderazgo al frente de las luchas sociales en el ámbito nacional e internacional, fueron motivos más que suficientes para el jurado. Algo más que propósitos, al parecer. Cuesta creer que estemos hablando del mismo premio en los tres casos. Cuesta hacerse a la idea de que Obama esté en igualdad de méritos que otros galardonados en esa misma categoría. En mi opinión, el jurado de los Nobel debería, de cara al año que viene, reflexionar sobre si realmente se debe otorgar el premio a gente que tiene la lucha por la paz en su lista de tareas pendientes porque, si siguen por el mismo camino de injusticia, quizá el premio pueda perder esa legitimidad y ese valor que hacía de los premiados con el Nobel de la Paz personas reconocidas y recordadas históricamente por sus logros humanos. |
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escrito por Miguel R. Baras
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domingo, 22 de noviembre de 2009 |
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El premio Nobel de la Paz concedido a Barack Obama es seguramente el más merecido de la última década, y no porque los últimos ganadores lo merecieran poco; sino porque desde hace nueve años todo el planeta se ha mirado a sí mismo con miedo, y en solo un año de mandato Obama ha logrado callar ese miedo, con esperanza y buenos propósitos, pero no solo con ello; sino con éxitos tangibles y visibles para cualquiera que quiera observarlos. ¿Y cuáles son esos logros? ¿En qué ha cambiado el mundo en el último año a causa de Obama? En 2006, Al Gore recibió el Nobel de la Paz ?sólo? por lograr poner el cambio climático entre las preocupaciones de la humanidad. Obama, a pesar de estar en una posición mucho más incómoda por ser presidente del país que más sacrificios tendría que hacer en la lucha contra el cambio climático, ha ido más lejos. La posibilidad de un acuerdo internacional estaba olvidada antes de su llegada a la presidencia. Y no sólo ha desbloqueado esa posibilidad sino que la ha potenciado enormemente, usando la diplomacia estadounidense para presionar a los reticentes y haciendo concesiones concretas, como la reapertura de la negociación sobre quiénes y cuánto deben reducir emisiones, que era una exigencia de los estados africanos. La conferencia sobre cambio climático de Copenhague el próximo mes tiene posibilidades de ser útil porque Obama ha hecho lo necesario para que así sea. Hace un par de años, Siria amenazaba con bombardear Israel, Corea del Norte ensayaba con misiles nucleares que sobrevolaban Japón e Irán parecía dispuesta a convertirse en potencia nuclear aun a costa de una guerra con Estados Unidos. Frente a ellos teníamos a unos Estados Unidos sin credibilidad por su fracaso Irakí, que se llevaba mal con Europa y no se hablaba con Rusia. Hoy, Siria está apaciguada, Corea del Norte sobornada e incluso Irán se aviene a negociar. Europa vuelve a oír propuestas de su socio a las que puede sumarse sin someterse. Rusia tiene satisfecha su principal demanda; no reiniciar la carrera armamentística con el escudo antimisiles de Bush, y vuelve a ofrecerse como parte de las soluciones de los problemas del mundo. En dos años, países que eran considerados posibles causas de guerras se han convertido en rompecabezas diplomáticos, pero nada más. Y otros países que miraban la situación mundial con distanciamiento y desconfianza hoy participan activamente en solucionar y evitar conflictos. Todo esto es causa de que Obama ha ocupado la Casa Blanca y ha cambiado toda la política de Bush, apagando en solo un año buena parte de los incendios que llevaban madurando ocho años. Podrían decirse unos cuantos logros más, pero por falta de espacio, me quedo con el menos valorado hoy, y probablemente más valorado dentro de cincuenta años: Obama es negro. Sí, es cierto que ser negro ni es mérito suyo ni parece tener nada que ver con la paz. Pero vivimos en un mundo donde los nacionalismos, los choques culturales, el racismo, el sexismo, la intolerancia religiosa, y otras muchas ideas y prejuicios como estos siguen siendo unas enormes fuentes de conflictos, desde odios y desprecios en los colegios de Irlanda a guerras sangrientas en África o el Cáucaso. La guerra de Irak tiene causas principalmente económicas, pero es el hecho de que los kurdos, los chiíes y los suníes se consideren distintos y enfrentados entre sí lo que posibilita que el terrorismo siga llevándose vidas día a día. Desde Palestina a Sudamérica pasando por Francia, todas las sociedades verían solucionados o suavizados algunos de sus problemas si se superasen prejuicios como el racismo.
Obama ha logrado decirle al mundo que su país, el mayor referente político y cultural del planeta, está dispuesto a ser dirigido por uno que es diferente. Que la mayoría blanca puede ver en un negro no solo a un igual, sino al mejor de entre los iguales, a aquel al que le confían el gobierno de su país. Obama podrá hacerlo muy bien o muy mal como presidente, pero en cualquier caso pasará a la historia como el hombre que logró demostrar que se pueden superar los prejuicios. Cada una de estas razones ya podría ser suficiente para imponerse a otros candidatos al Nobel. Sumadas, son indiscutibles. Seguro que Rigoberta Menchú tuvo menos detractores, y que Obama no tiene el aura de respetabilidad y sacrificio de Mandela. Pero hay que remontarse al Nobel de 1990, concedido a Mijaíl Gorbachov, para encontrar en esa lista a alguien cuya huella en el mundo haya sido más profunda. Si se cree en el sistema actual como el mejor para lograr la paz y la prosperidad de los pueblos, Obama es indiscutible ganador del Nobel por ser quien más ha aportado a estabilizar y asegurar ese sistema. Si se cree? 
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